La historia del cónsul Cesare Carlo Sacco se sitúa en el dramático contexto europeo de 1938, marcado por la expansión del nazismo y las persecuciones raciales contra los judíos. En ese período, muchos judíos alemanes y austriacos buscaban desesperadamente un país dispuesto a acogerlos para escapar de la violencia y la discriminación. En este escenario, Sacco, cónsul general de Costa Rica en Génova, desempeñó un papel decisivo y profundamente humanitario.
Entre el 12 de octubre y el 25 de noviembre de 1938, gracias a su iniciativa, treinta y ocho judíos lograron obtener la visa para ingresar a Costa Rica, oficialmente como «turistas». Entre ellos había hombres, mujeres y niños, pertenecientes a diferentes familias perseguidas por el régimen nazi. Sacco concedió los visados a pesar de no haber instrucciones precisas que prohibieran tales prácticas, permitiendo así que estas personas se salvaran y comenzaran una nueva vida lejos de Europa. Emblemático es el caso de la familia Piszk, que llegó a Costa Rica casi por casualidad, confiando en la disponibilidad y el coraje del cónsul.
Esta acción adquiere un valor aún más significativo si se considera que, en el mismo período, los visados se concedían con extrema rareza y que pocos funcionarios diplomáticos se atrevían a actuar de manera tan solidaria. Sin embargo, a finales de 1938, el envío de la Circular 667 por parte de las autoridades costarricenses puso fin a estas concesiones, prohibiendo la expedición de visados a personas de origen judío. Sacco se ajustó formalmente a las nuevas directivas, pero su labor ya estaba cumplida.
Su historia representa una «pequeña gran historia»: pequeña en números, pero enorme en significado moral, porque demuestra cómo el valor y la humanidad de un solo individuo pueden marcar la diferencia y salvar vidas inocentes.